|
Administrator
Registrado: November-2007
Posts: 309
|
La ventana indiscreta
La ventana indiscreta
Me desperté tarde, era una mañana de domingo. Antes de casarme con Ernesto. Habíamos salido la noche anterior con los amigos y nos habíamos acostado a las tantas, como casi todos los sábados.
Era verano y creo que fue el calor el que me desveló. Cuando duermo en verano sola, y éste era el caso, lo hago como mi mamá me trajo al mundo, desnudita. Hasta la mínima presencia sobre mi piel de un tanguita me resulta incómoda.
Todos sabéis lo agradable que es ese espacio entre el sueño y la vigilia, a medio dormir y a medio despertar, eso sí, con la tranquilidad de saber que el maldito despertador no va a sonar propinándote la bofetada de todas las mañana. Mmmmmmm, ¡qué placer ese retoce mañanero! Aunque duerma desnuda y sea verano me gusta echarme una sabanita por encima, no es por el frío, sino porque me proporciona como una sensación de protección, acogedora. Creo que la mayoría de mis lectoras me entienden.
La ventana abierta dejaba entrar los sonidos típicos de la mañana de domingo, pero lejanos, apenas susurrados y empujados por el sol que se colaba y que atravesando limpio el aire se estrellaba en mi cama. En verano por la mañana el sol cae directamente sobre mi lecho. Si no corro las cortinas puedo tomar el sol desnudita en la cama, claro, en alguna ocasión ya lo hice.
Pues bien, a medio despertar tuve que bajar la sábana con la que duermo hasta las rodillas, su paño blanco provocaba el famoso efecto invernadero y me estaba cociendo debajo. Quedé desnuda, una ligera brisa fresca alivió mi ardor, me observe de reojo, soy de un narcisista exagerado, mi piel morena iluminada por el sol, la silueta estampada en blanco del bañador sobre mi pubis, las sábanas suaves rozándome y el sopor del medio despertar me sumergieron en una voluptuosidad increíble. Sensibilizaron mi piel y me llenaron de un suave erotismo, como si el astro rey me estuviese acariciando en secreto.
Aún así seguía teniendo calor, pero no tenía ganas de levantarme todavía así que decidí correr las cortinas, me levante y me dirigí a la ventana, tomando alguna prevención me asomé a la calle, estaba en pelotas. Pero no había nadie los domingos son días para no madrugar y la calle estaba desierta. Fue en ese momento cuando lo vi, aunque simulé no verlo.
En una ventana cercana había un señor parapetado, agachándose con unos prismáticos. ¡Me estaba observando el muy mirón! Salí de su ángulo de vista y me fui al cuarto de baño, ya sabéis, el pis de todas las mañanas.
Sentada en el baño no podía dejar de pensar en el mirón, su ventana era más alta que la mía y poseía una visión perfecta de casi todo mi aposento. ¿Cuántas veces habría espiado mis movimientos? No puede evitar imaginármelo con una mano en los prismáticos y otra en su pene.
No necesito deciros, si habéis leído mis anteriores relatos, que no me desagrada en absoluto ser observada. Alimenta mi ego, me excita, tonifica mi cuerpo y mi mente y me va predisponiendo para la sesión de sexo que siempre anhelo y que afortunada e inevitablemente siempre acaba por llegar.
Así que volví a la cama, siendo perfectamente consciente de la situación y me acosté disfrutando el momento. Habían vuelto a despertar la zorrita que Karolina lleva dentro.
Ahora era yo la que jugaba con ventaja, acostada podía vislumbrar de reojo la silueta de aquel voyeur, pero no le miraba para no levantar sus sospechas. Si sus binoculares eran medianamente buenos, el hijo de puta me estaba viendo como si estuviese sentado en el alfeizar de mi ventana.
Me puse nerviosa y excitada con la situación, me giré de espalda y le ofrecí mi culito. Toma, mi amor, para que vayas abriendo boca. Permanecí en la posición el tiempo suficiente como para que tomara conciencia de la contundencia de mis traseras beldades. Seguro, pensé, tiene la bragueta a punto de estallarle, seguro que mi culito pone tu polla a reventar. Y me reí por dentro. Era la reina en aquella partida de ajedrez.
Volví a tumbarme boca arriba, el sol inundándome la piel, cerré los ojos y procuré ignorar aquellos anteojos que espiaban mis intimidades. Poco a poco fui recuperando la paz y sensualidad que la sorpresa habían ocultado. Pero esta vez al solaz que proporcionaban mis suaves sábanas, la dulce calidez de mi lecho y mis desnudas sensibilidades se unía la certeza de saberme observada.
Mis pezones se erizaron sin querer, duros como rocas, apuntando al techo. Ladeé como accidentalmente mi posición para enfrentar mi chochito hacia la ventana indiscreta y recogí un pié sobre la rodilla de la otra pierna, abriendo mis intimidades en un ángulo casi imposible y brindando al espía el espectáculo que anhelaba.
Debéis creerme si os digo que tengo el coñito mejor arreglado que hayáis visto, ya os comenté que tengo el láser hecho así que todo él ofrece la piel blanca y lisa, sin marcas de depilaciones, ni granos rojizos que lo afeen. Una tira de bello cuidadosamente perfilada prolonga el dibujo de mi íntimo desfiladero. Perdonar si me extiendo pero quiero daros una idea de su forma. No tengo los labios interiores grandes pero sí sobresalen unos milímetros coronados en su unión por un clítoris que la madre naturaleza me otorgó sobredimensionado. En fin un verdadero y artístico dibujo japonés.
Él me miraba, me observaba, me oscultaba como si fuese un ginecólogo virtual. Lo sé.
Yo atisbaba en la lejanía, siempre de soslayo, los movimientos de su mano enfocándome con precisión. Me mojé, me mojé mucho. Noté como varias gotitas lubricantes y encendidas escapaban de la comisura de mis labios horizontales resbalando por la unión de mis glúteos hasta mojar la sábana.
¡Qué putita me sentía con mis piernas abiertas a aquel extraño admirador! No puede contenerme más, baje mi mano a la fina tira de bello púbico y comencé a jugar con él, mesándolo dulcemente, dejando bajar un dedo ocasionalmente hasta mi botón de placer, para volver a subirlo y continuar con el juego.
En una de las excursiones que mis dedos realizaban abrí mi almejita con todos los matices de sus rosáceos contrastes, con dos de mis dedos. ¡Mira, cerdito, no has visto nunca una putita igual!, me dije.
Era consciente de que él podría sospechar que la obra que yo representaba no era casual, pero si os digo la verdad, me importaba un comino. Sabía que se estaba masturbando, lo sabía. E imaginar su tranca rabiosamente dura y su mano ocupada me ponía más cachonda así que yo pasé también a la acción.
Chicas que me leéis, no me podréis negar que la fantasía de exhibirte, la hemos tenido todas en alguna ocasión. Yo he enseñado mucho, con falditas cortas he mostrado mi culo unas veces entero otros más sugerentemente. La transparencias en blusas me han ayudado a insinuar he incluso mostrar con descaro el trasluz de mis pezoncitos y todas las artimañas que una mujer puede buscar las he estudiado y refinado en la medida de mis posibilidades. Pero aquella desnudez total y aquel descaro en el mostrar que estaba exhibiendo me proporcionaron un estado de excitación desconocido.
Mi espectador era tan solo un fantasma tras una cortina, pero encarnaba a todos los chicos a los que quieres mostrarte, a los que quieres conquistar.
Me masturbe para él. Con dos dedos. Puse mi culito en pompa contra la ventana y metí la mano bajo mi vientre, para que mi propio brazo no le tapase el espectáculo. De espaldas no veía su ventana ni la mía, pero no lo necesitaba, casi podía oler con la imaginación el perfume de aquel capullo al ser agitado, subido y bajado hasta la extenuación y yo me penetraba rozando mi clítoris al tiempo con una cadencia lenta al principio, pero que fue creciendo como la de una locomotora a vapor a punto de estallar.
En el momento cumbre cuando me iba a venir, mi brazo libre se dirigió certero por la espalda hasta alojar el dedo índice en mi empapado culito.
No se cuantas convulsiones tuve fue un orgasmo largo y prolongado por el dedito en mi culo. Quedé así, boca abajo sin deshacer la posición en la que había terminado unos minutos, exhausta.
Cuando puede incorporarme, miré hacia la ventana, un señor de unos cincuenta años, en pijama, permanecía asomado fumando un cigarrillo. Sabéis lo que significa eso. El suyo también había tenido lugar. Miraba hacia mi con disimulo. Pero yo estaba desafiante, desnuda fui hasta la ventana y antes de cerrar los visillos de la ventana le tiré un beso con la mano, soplándolo para que volara bajo el sol hasta aquella indiscreta ventana que tanto me había hecho gozar.
Quiero terminar agradeciendo vuestros comentarios y vuestros votos, si seguís así, enviándome esos maravillosos piropos en los comentarios y votando excelente mis relatos, no tendré más remedio que brindaros algunos más.
Un beso dulce para todas y todos.
Sois un amor.
|